lunes, 7 de enero de 2013

Mujeres tarahumara se organizan contra violencia de género


Víctimas de agresiones por parte de sus parejas, activistas indígenas difunden la idea de que los golpes y violaciones no son normales.

Carlos Coria / Corresponsal

CHIHUAHUA, 6 de enero.- Al igual que en las grandes ciudades, como Chihuahua y Juárez, las mujeres de la Sierra Tarahumara son víctimas de la violencia de género, pero, en esta región los casos son extremos, ya que se han presentado casos de madres de familia atadas a árboles como animales, u otras que han sido lesionadas con un hacha.
Para el Instituto Chihuahuense de la Mujer (ICHIMUJE), el caso se tornó sumamente delicado, al descubrir que no se puede dar el mismo tratamiento a una mujer indígena que a una que habita en una zona rural.
Las acciones sin embargo han resultado exitosas para atender a personas y familias violentadas.
Actualmente, mujeres de la región combaten el maltrato mediante la construcción  de refugios en la sierra para proteger a quienes han sufrido algún tipo de violencia.
Dentro del Instituto Chihuahuense de la Mujer, las víctimas comentan, con dolor, el caso de una de sus compañeras que permaneció atada a un árbol en el patio de la casa de su esposo.
La rarámuri fue rescatada con lesiones físicas y sicológicas por trabajadoras sociales de la región, quienes se han dedicado a difundir los derechos de las mujeres en toda la sierra de Chihuahua.
Estos casos alertaron al Instituto de la Mujer, porque a pesar de tener los medios para ayudar a las mujeres maltratadas, la situación con las tarahumaras es completamente distinta a las de la zona urbana.
Muchas de las víctimas de estas conductas fueron llevadas a albergues y refugios en Chihuahua o Ciudad Juárez, pero no se adaptaron al tipo de vida occidental.
La labor fue dura, desalentadora e incluso  frustrante. De inmediato se dieron cuenta que la situación de las mujeres rarámuri maltratadas en la sierra es un caso peculiar.
Ellas tienden a ser extremadamente tímidas, reservadas y consideran que la violencia de sus esposos contra ellas o sus hijos, es normal.
Multiplican la igualdad
Otras mujeres víctimas propusieron una solución, y entonces caminaron kilómetros de bosque, llanuras y serranías, para apoyarlas, para empoderarlas ante la violencia masculina o machista.
Una de estas multiplicadoras es Carmen Palma Cobos, oriunda de la comunidad de San Elías, en el municipio de Bocoyna, muy cerca del poblado turístico de Creel.
“Todas somos ignorantes”, dijo tras capacitarse en el ICHIMUJ.
Carmen se armó de valor para salir a las comunidades a decirles a las mujeres que la violencia no es normal.
“Todos dicen que sí, que todas hemos sido violentadas de una u otra forma, es difícil, porque las persona que es violentada no se acerca, como que todo lo esconde, entonces tenemos que ganarnos la confianza y tenemos que ver que algo le está pasando, tenemos que buscarla”, dijo.
Como a ella, el ICHIMUJ ha capacitado a otras 19 mujeres tarahumara, las llamadas multiplicadoras.
Al respecto, Liliana Valencia, vocera del Instituto, dijo admirar a quienes que se capacitan, porque son mujeres que de inmediato se empoderan y se convierten en líderes de su comunidad.
Este diario recorrió, junto con ellas, los albergues de Bocoyna, en las comunidades de Creel y Sisoguichi.
Una de estas mujeres que rompió el hilo de la violencia es Margarita, o Mague: “Yo le digo a él, porque me golpeaba, nomás porque hay mucho alcohol, mucho pisto que toma él, pero ya con las pláticas ya no hay tanta violencia contra quienes hemos ido. Los hombres dicen que está bien que les digan que no deben golpearlas”.
Sin embargo, la tarea es difícil.
Hay que recorrer grandes distancias, kilómetros de sierra, cerros y caminos sinuosos.
Cuando se puede se hace en camión, en mulas, burros o a pie. Son cuatro comunidades que por fuerza deben visitar al año y extender sus conocimientos en contra de la violencia de género.
En otras ocasiones, deben dejar su labor, amenazadas por la violencia de los narcotraficantes.
Pero como Carmen, dicen que el esfuerzo vale la pena, porque la violencia contra la mujer indígena es un problema muy grave y desgarrador.
Otras, en solidaridad, se suman a la labor para analizar el fenómeno, se trata de Ángela Mancinas Reyes, trabajadora social, y Fabiola Rocha Valdez, sicóloga de profesión.
Ángela acompañó a la Unidad Itinerante, visitando comunidades indígenas, y quien también hace las veces de intérprete por ser oriunda de la región y descendiente de la raza tarahumara.
Ella asesora a las familias sobre salud, economía, violencia y hasta cuestiones legales.
Compartió cómo se ha complicado   esta labor: “Antes teníamos problemas porque no llegábamos a las comunidades que tenían terrenos muy quebrados o nos atascábamos, o de plano no podíamos llegar”.
Y añade: “La comunidad de Kira es la más lejana, hacíamos una hora y media, en el municipio de Batopilas y la quitamos de la ruta por la violencia y la inseguridad, por eso esa ruta la tuvimos que quitar. Pero si no vamos ellas nos hablan, y eso nos da una gran satisfacción de poder ayudar a mi gente indígena”.
Fabiola, su compañera de viajes, añadió que toma unas ocho sesiones ayudar a una mujer indígena violentada por su pareja.
La mayoría sufre de golpes, violencia sicológica e incluso la violencia sexual, la cual es aceptada por la comunidad.
Carmen, una de las primeras multiplicadoras que recibió una remuneración económica por su labor, dice que en ocasiones el trabajo es difícil porque las pláticas las tienen que hacer frente a las mujeres maltratadas y sus esposos.
“Ellos no nos dicen nada, pero también aprenden”, explica.
Un caso de San Elías es el de Celso Miguel Cobos Cruz, de 48 años de edad, quien dice que aprendió de las multiplicadoras, como Carmen, que no se debe pegar a la mujer.
Incluso comentan que a pesar que la violencia entre parejas de indígenas y de criollos o chabochis es similar, en el caso de los hombres tarahumaras aprenden más rápido y dejan de hacerlo casi de inmediato cuando se les dan las pláticas.
Celso Miguel así lo refiere y dice que antes para su familia y muchos de su comunidad el problema era la violencia en sus viviendas, contra las mujeres o los hijos.